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Surten De Soita III
Bebé en pañales
Masculino Tauro Tigre
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Fecha de inscripción : 30/06/2017
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Localización : En una isla

Capítulo 1: Azul

el Sáb Jul 01, 2017 2:45 pm
Bien, aquí estoy... Jessica, todo irá bien... Nuevo barrio, nueva vida... Todo irá muy muy bien... Eso es lo que me decía a mí misma, intentando tener esperanzas, pero la verdad es que no tenía ni una pizca de eso. Me había "mudado" a Willow Creek tras un incidente en mi viejo hogar. Bueno, le llamo hogar por llamarlo de alguna forma. Ni siquiera era una casa. Tan sólo era una habitación gris y cerrada, con una triste puerta más gris y más cerrada aún... 


Pero eso se acabó. Por fin conseguí salir de ahí. 


Pero si soy sincera, me da pánico volver a la normalidad. Aún recuerdo cuando era niña. La chiquilla más extrovertida de toda la escuela. Intentaba hacerse amiga de todos, no tenía reparos en conocer gente nueva... Ya no me veo capaz de volver a ser así.


Pero por lo menos debo intentarlo. En algún momento. Y hasta que llegara ese momento, disfrutaría de la soledad una última vez, junto a la naturaleza.


Desde pequeña amaba las plantas y la jardinería. Recuerdo que siempre de niña me paraba frente a una casa de camino a la mía, que estaba llena de plantas y flores. Yo únicamente me quedaba ahí parada, admirando la belleza de un jardín bien cuidado. Ese jardín era una de las cosas de las que me acordaba cuando estaba encerrada en aquella habitación.


Gracias a unos cuantos utensilios de jardinería que encontré tirados junto a la basura, y unas cuantas semillas que fui guardando por el camino, conseguí crear una huerta bastante decente. Me ayudaría a la hora de llevarme algo a la boca.


Aunque eso no bastaría, así que conseguí un trabajo en el otro ámbito que más me gustaba: la cocina. Empezaba como lavaplatos, pero al menos me serviría para aprender nuevas recetas observando a los verdaderos cocineros hacer su trabajo.


También fue buena idea buscar cosas en la basura. La gente tira cosas como si tal cosa, y aunque fueran de paupérrima calidad me serviría para aguantar una temporada hasta que tuviera dinero para una casa... o algo mínimamente parecido.


Tan sólo esperaba que a los vecinos no les importase tener a una sin techo a tan pocos metros de su casa.


Cuando tuve un momento libre, decidí que era la ocasión que estaba esperando para dar un paso adelante y conocer gente nueva, así que caminé hasta encontrar un parque no muy lejos de mi casa.


Me armé de valor, y caminé hasta uno de los tableros de ajedrez que había por ahí, dispuesta a dirigirle la palabra a alguien.


Pero no pude. El miedo a que me rechazara, me mirara raro o simplemente hiciera el más simple ademán de perplejidad ante mi extraño tono de piel me superaba y me bloqueaba.


Así que volví junto a lo único que nunca me juzgaría: la soledad.


Estando en el parque, llegó el momento en el que el estómago empezó a rugir, así que pedí prestados unos cuantos perritos calientes de la cesta de alguien y me puse a cocinarlos. 


Aunque no tardó en llegar el momento en el que el dueño de los perritos calientes se enterara de lo ocurrido. Se acercó a mí, y no me dijo nada, ni siquiera me dirigió la mirada. Tan sólo me miraba por el rabillo del ojo con rabia, y yo mientras deseaba que se marchara.
—¿Le apetece coger uno? —Le pregunté, intentando ser amable, intentando ignorar su juzgante mirada y el pánico que tenía.
—Cogeré uno si quiero, que para eso son míos, y tú no tenías el derecho a cogerlos.


—Lo- lo siento, de verdad. Es que tenía hambre, y no tengo dinero ni comida.
—Quédatelos, ya no me interesa. —Dijo, demostrando asco con el rostro, y acto seguido dio la vuelta y se marchó.


Me quedé sola unos pocos segundos hasta que un chico que estaba sentado en las mesas de ajedrez que había presenciado el diálogo se dirigió a mí. Por un momento deseé con todas mis fuerzas que se marchara, aunque no tardé en darme cuenta de que sus intenciones eran buenas. Entonces fue cuando seguí deseando que se marchara, pero con menos intensidad.


—He visto que has tenido una pequeña discusión con el jardinero. No te preocupes, no es culpa tuya, es así con todo el mundo. Soy Pedro, un placer conocerte…
Dudé por un momento si debía confiarle mi nombre, pero no me quedó otra opción cuando se quedó mirándome fijamente, esperando una respuesta.
—Jessica. Jessica Blue.
—Un apellido muy apropiado, Señorita Blue. ¿Eres nueva por aquí, verdad? Tienes que serlo, si no ya te habría visto antes. Lo tienes difícil para pasar desapercibida, y no me refiero a tu… extravagancia, si no a tu belleza.
—Gra-gracias…
—Ahora, por favor disculpa que me entrometa, pero realmente me interesa saberlo. ¿Eres humana?
Esa pregunta me la llevaba esperando desde hacía tiempo, aunque nunca esperé que alguien lo preguntara con esa naturalidad. Una naturalidad que hizo posible que respondiera, sin sentirme ofendida.
—Sí.
—Bueno, entonces no te importará si nos vemos más a menudo, ¿verdad? Toma, aquí tienes mi teléfono. Llámame cuando lo desees. Una última cosa, te habría dado mi número si no hubieses sido humana, es sólo que me daba algo de miedo que respondieras que no, pues no podría estar seguro de como… ejem, como podrías funcionar. Bueno, ya no es importante. Llámame.


Después de ese encuentro con Pedro, seguimos viéndonos. Al principio estaba algo tensa junto a él, pero a medida que fui conociéndole fui cogiendo confianza y me sentía cada vez menos tensa y más relajada con él.


A Pedro no le parecía importar en absoluto que mi casa consistiera sólo de una cama, una nevera y una encimera encontradas por la basura. Pero prefería estar conmigo que en su casa, donde estaba su futura exmujer, y que estaba mucho más cómodo conmigo.


Yo en ese entonces no estaba muy enterada de las intenciones que Pedro tenía conmigo. Para mí nuestra relación no era más que amistad, aunque realmente deseaba algo más, pero no era capaz de ver que él también lo deseaba. 


Aunque poco a poco fue convirtiéndose en lo que ambos deseábamos.


Convirtiéndose en algo mucho más serio.


En algo mucho más apasionado.


Deseaba estar con él a cada rato, abrazarle, besarle, pero sentía que era imposible, no al menos mientras él siguiera casado con su mujer. Hasta que un día, cuando volví del trabajo, me lo encontré esperándome en la calle frente al lugar en el que vivía.


Había dejado a su mujer definitivamente, había roto con ella, y ahora estaba sólo para mí. 


Tuvo que mudarse conmigo, debido a que su casa se la había quedado su mujer, pero al menos pudo aportar algo de dinero a la economía familiar. El suficiente para aportar cuatro paredes y un techo.


Ahora que tenía a alguien más conmigo, me sentía más obligada a mejorar mi calidad de vida. Así que me puse las pilas con mi carrera de cocina, y Pedro aportaba algo de dinero gracias a su carrera de programador informático.


La ambición de mejorar se sintió reforzada cuando llegó la noticia de que a partir de entonces debería comer por dos. Aunque mi principal preocupación era que el bebé saliera como yo.


Aunque no fue por mucho tiempo, pues el pequeño salió disparado. O debería decir la pequeña. 


Mi hija Diana acababa de nacer. Y, por desgracia, le tocó heredar mi color de piel.


Pedro estaba encantado de tener una pequeña cosita a la que amar y cuidar.


Y yo también lo estaba. Cada día antes de irme a trabajar miraba su mona e inocente carita y me iba de buen humor al trabajo.


Pero para volver muy diferente. El trabajo me agotaba, y llegaba a casa sin ganas de hacer nada.


Pero eso no era posible. No con una pequeña que necesitaba cuidados continuamente.


Cuidados que no se prolongaron demasiado. Diana creció rápidamente y se convirtió en una preciosa niña.


Una niña con una imaginación envidiable. Se pasaba el día entero montando sus propias historias, dibujando… Me recordaba a mí de pequeña.


Tan sólo espero que no le ocurra lo mismo que me ocurrió a mí.

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