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Surten De Soita III
Bebé en pañales
Masculino Tauro Tigre
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Fecha de inscripción : 30/06/2017
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Localización : En una isla

Capítulo 2: Paraíso

el Sáb Jul 01, 2017 2:48 pm
Después de una temporada donde todo me había ido bien, la mala suerte volvió a hacerme compañía. La casa se prendió fuego por mi culpa, y lo que nos dio el seguro no bastaba para cambiar los muebles dañados.


Así que tuvimos que coger dinero de nuestros ahorros familiares para conseguir una cocina nueva, y hacer unos cambios a la casa para que pudiera verse realmente como una casa.


Las cosas entre Pedro y yo seguían tan apasionadas como siempre, a pesar de que ni siquiera nos habíamos casado todavía y que teníamos ya una hija.


Una hija y el bebé que viniera mas tarde... Volvía a estar embarazada.


Diana estaba emocionada por tener un hermanito o una hermanita, y no veía el momento de que llegara ya.


Pero Pedro y yo estábamos realmente preocupados. Nos costó demasiado cuidar de Diana, y nos aterraba tener que volver a hacerlo.


Y yo volvía cada día de mal humor en el trabajo. Me habían ascendido a coctelera, y eso significaba más trabajo y más estrés. Sobretodo porque a mi la coctelería no me interesaba lo más mínimo.


Y volver a casa para encontrarme con algo roto cada día no ayudaba nada. Tienen razón cuando decían que lo barato sale caro, pero nadie me dijo a mi que sería también estresante.


Pedro se empezaba a hacer viejo, pues cuando me quise dar cuenta ya era su cumpleaños.


Ahora era menos joven, pero seguía siendo el mismo del que me enamoré.


Poco después del cumpleaños de mi marido, volvía a dar a luz.


Así nació Leland, un precioso bebé.


Pero no vino solo, pues vino acompañado de Victoria. No es por despreciar a ninguno de mis hijos, pero realmente con todo lo que sufrimos ya por nuestra primera hija, no podía ni imaginar lo que haríamos con dos bebés a la vez... Será cuestión de luchar para sobrevivir, esperar a que todo pase y tener la esperanza de que la segunda vez todo será más fácil.


Todo ese estrés se vio aumentado cuando Pedro me pidió matrimonio. No sé cómo esperaba poder criar a dos bebés y preparar una boda al mismo tiempo...


Pero llevaba demasiado tiempo esperando a que me lo pidiera, y no fui capaz de decirle nada de lo que acabo de decir.


Así como Pedro creció, me tocó a mi también alcanzar la adultez...


Y a mis dos pequeñas criaturitas, dejar de ser tan pequeñas.



Leland era muy inteligente. Siempre admiré lo claras que tenía las cosas para su edad, su curiosidad por aprender cosas nuevas y su amor por la lectura.


Victoria, por el otro lado, era la niña más limpia que vi jamás. Yo de pequeña amaba tirarme al barro y jugar con él, mi madre no daba a basto en detergente. Eso es algo de lo que yo no tengo que preocuparme.


Pero lo mejor de todo no era sus virtudes, si no que se llevaban perfectamente y se complementaban a la perfección. Tal vez Victoria habría preferido que Leland saliera más a jugar, pero es que Leland amaba leer y convencerle de que dejara un libro cuando ya se había enganchado era cercano a lo imposible.


Al menos Victoria tenía a su hermana mayor, y lo aprovechaba pues pronto crecería y no tendría tantas ganas de jugar como antes.


Pero mientras se trataba de hacer los deberes, eran inseparables. Tal vez por el hecho de que Victoria se aprovechara de su hermano y camuflaba las intenciones de que se los hiciera él con preguntas y dudas continuas.


Yo seguía enamorada de la cocina, me emocionaba probar nuevos platos, probar las combinaciones de sabores más insólitas, consiguiendo un sentimiento de realización increíble cada vez que me salía una mezcla sabrosa, y sobretodo ver la cara de aceptación en mi familia cada vez que probaban un plato mío.


Pero mi amor a la cocina no podía ni compararse a la conexión a la que había llegado con la naturaleza.


Adoraba dar vueltas por el barrio, observando las casas, los paisajes... pero lo que más me interesaba era la flora de los alrededores.


Hasta que cierto día me topé con esto. Era el árbol más raro con el que jamás me había topado.


Y, como siempre que hacía con las plantas nuevas que me encontraba, me puse a admirar su belleza y a hablar con él.


Me pasé un buen rato junto al árbol, hasta que llegó el momento de marcharse. Un trozo del tronco del árbol se cayó, dejando a la vista un camino. Como era de esperar, cambié de opinión sobre mi marcha y me sumergí en el misterio.


Cuando llegué al final del camino, no pude creerme lo que mis ojos estaban presenciando. La mayor belleza que había visto jamás.


Estaba completamente fascinada, jamás había podido ver nada más bonito. Hasta tuve que pellizcarme para asegurarme de que no estaba durmiendo.


No sé cuánto tiempo me pasé ahí metida. Fueran unas pocas horas, o tres días, no era consciente de ello y tampoco me importaba, ni quería que terminara.


A pesar de todo el tiempo que estuve fuera, nadie se había alarmado. Los niños estaban en su mundo, y Pedro tuvo que apechugar él solo con las reparaciones del hogar.


Pero al menos no estuve lejos tanto tiempo como para perderme el cumpleaños de mi hija Diana, aunque estoy bastante segura de que podría haberlo hecho perfectamente.


Diana creció y se convirtió en una adolescente tan guapa como simpática, pero también algo solitaria. Me entristece pensar que ha heredado un rasgo mío tan defectuoso, pero al menos no sufre depresión.

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